
EVOLUCIÓN
Un poema sobre el Eslabón Perdido
“¿Qué vas a hacer hoy? —pregunta el Eslabón Perdido—. ¿Cómo
lo vas a justificar?”
Esa montaña de animales muertos y antepasados sobre la que estás de pie.
El Eslabón Perdido en el escenario, mirando con ojos amarillos
Desde las sombras profundas que proyecta su hueso frontal.
Sus ojos y su nariz están apelotonados en el claro, el pequeño espacio abierto
que hay entre la mata de pelo de su frente y el bosque de su barba.
Las manos le cuelgan demasiado cerca de las rodillas,
los nudillos cubiertos de rizos negros.
En el escenario, en vez de un foco, un fragmento de película:
las imágenes en dieciséis milímetros de un monstruo cubierto de pelo rojo,
tan alto como un hombre a caballo, con la cabeza puntiaguda, huyendo de la cámara.
Un día soleado junto a un río, con un trasfondo de pinos.
Y el monstruo del documental, superpuesto al Eslabón Perdido,
con sus pechos cubiertos de pelo rojo balanceándose,
se gira para mirar atrás.
En el escenario, el Eslabón Perdido dice: “Cada vez que respiras
es gracias a que ha muerto alguien”.
Algo o alguien ha vivido y ha muerto para que puedas tener esta vida.
Una montaña de muertos te aúpa para que veas la luz del sol.
El Eslabón Perdido dice: “¿Y el esfuerzo y la energía y el
Ímpetu de sus vidas...?”.
¿Cómo te encontrarán?
¿Cómo disfrutarás de su don?
Los zapatos de piel y el pollo frito y los soldados muertos
solamente son una tragedia
si malgastas sus dones
sentado delante del televisor. O en un atasco de tráfico. O retenido en un aeropuerto.
“¿Cómo vas a mostrar a todas las criaturas de la historia”, dice
el Eslabón Perdido.
¿Cómo vas a mostrar que su nacimiento y su trabajo y su muerte valieron la pena?
1 comentario:
Has construido las frases que dan forma a mis pensamientos.
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